En Circo Urbano le dimos pista a Pablo «el Profe» Martorano, que analizó cómo las secuelas físicas, psíquicas y geopolíticas de la Primera Guerra Mundial crearon el caldo de cultivo perfecto para el ascenso del nazismo.
Tras la derrota de 1918, miles de soldados amputados y traumatizados regresaron a una patria que los dejó en la indigencia, mientras el Tratado de Versalles ahogaba la economía alemana con deudas e impone duras amputaciones territoriales.
Este escenario abonó el mito de la «puñalada por la espalda» dada por la clase política y sembró un profundo deseo de revancha que heredaron los hijos de los veteranos.
A la crisis estructural se sumaron la hiperinflación de 1923 y el desastre del Crack de 1929, coyuntura en la que Adolf Hitler articuló un discurso extremista enfocado en la eliminación del «enemigo interno» mediante el antisemitismo y la conquista del «espacio vital» (Lebensraum).

