Dakko nació hace apenas diez meses en el corazón de Caballito, cuando la familia Park decidió convertir en negocio un sueño postergado: el padre de Marcos Park, a los 54 años, viajó a Corea para aprender a cocinar y terminó especializándose en pollo frito coreano, un plato quee, contra lo que muchos creen, no es tradicional, sino una adaptación local surgida tras la llegada de recetas estadounidenses en los años 50. Con esa base, y sin experiencia previa en gastronomía, padre e hijo abrieron el local familiar que hoy combina comida coreana con una fuerte identidad de barrio.
En diálogo con FRECUENCIA ZERO, Marcos Park recordó el momento que cambió por completo la escala del negocio: un video que subió a redes sociales se viralizó y, de un día para el otro, generó filas en la puerta. «El viernes a la noche había fila afuera y mucha gente esperando para entrar», relató, y agregó que ese mismo día uno de los pocos colaboradores había renunciado, por lo que el equipo familiar tuvo que sostener la operación casi de improviso: «Realmente no estábamos preparados». El quiebre llevó a una discusión que terminó marcando un antes y un después: «Le dije, esto no puede seguir así porque no se puede».
Para Gisela Larzábala, especialista en crecimiento de pymes, el caso de Dakko ilustra un desafío típico de los emprendimientos gastronómicos familiares: sostener la calidad y el orden interno cuando la demanda crece más rápido que los procesos. La especialista destacó la importancia del flujo de caja y del manejo de stock en un rubro donde «los proveedores se pagan todos al contado», y remarcó que la curva de aprendizaje inicial no debería leerse como una pérdida sino como una inversión en conocimiento. De cara al futuro, tanto ella como Park coincidieron en que el próximo paso (eventualmente abrir nuevas sucursales) dependerá de avanzar en la delegación de tareas y en la estandarización de procesos, sin resignar la calidad que llevó al local a consolidar una clientela de vecinos recurrentes.

