Un acuerdo arancelario pequeñito que celebraron Bruselas y Washington ha sido vendido con la parafernalia de un gran avance hacia una posible reconciliación idílica de sus relaciones bastante maltrechas desde que el presidente, Donald Trump, ha levantado como bandera —y actuado en consecuencia— la defensa de las empresas nacionales.

Mucho ruido y pocas nueces

Para ser que en octubre de 2019 Trump impuso una carga arancelaria a importaciones estadounidenses de productos europeos por valor de 7.500 millones de dólares —6.500 millones de euros—, decir que es histórico el reciente acuerdo firmado por ambas partes para reducir aranceles a importaciones mutuas por valor de 168 millones de euros como ha vendido algún que otro medio, es como exagerar demasiado.

La historia es sencilla, y los datos fáciles de entender. Hagamos memoria. Durante tres lustros EEUU y la UE han litigado por lo que Washington ha denunciado como ilegal ante la Organización Internacional de Comercio [OMC], los subsidios que Europa [Francia y España] facilitaba a Airbus.

En octubre del año pasado la OMC le dio la razón a EEUU, y por tanto, abrió la veda a las medidas que el país norteamericano considerara pertinentes para ser compensado por la competencia desleal que la aeronáutica europea le había plantado a la estadounidense Boeing, que a su vez es denunciada por Europa por recibir también subsidios ilegales de parte de su país de origen.

Entonces, al mejor estilo Trump, es decir, su estilo, el inquilino de la Casa Blanca dispuso una serie de aranceles contra importaciones desde Francia y España: 10% sobre las importaciones de aviones, que en febrero aumentó al 15%, y un 25% sobre una amplia gama de productos agrícolas, que podría trepar al 100%. Así, no sólo ha golpeado a Airbus, sino que además dejó al campo español hecho un páramo con pérdidas irreparables en apartados como el aceite de oliva, aceitunas, vino, queso, y derivados del cerdo.

Total, que ahora alcanzan un pacto de reducción de aranceles a importaciones mutuas por valor de 168 millones de euros, una suma que está a años luz de los 6.500 millones de euros, y lo están vendiendo como un ‘acuerdo histórico’ entre EEUU y la UE. En el paquete negociado entra productos europeos como langostas y de cierta cristalería, cerámicas, mecheros, productos de tratamiento de superficies, y estadounidenses como comidas preparadas.

Un comunicado conjunto del comisario europeo de Comercio, Phil Hogan, y el representante de Comercio Exterior de EEUU, Robert Lighthizer, reza: «Esperamos que esto marque el inicio de un proceso que lleve a nuevos acuerdos para crear un comercio transatlántico más libre, justo y recíproco».

El Dr. en Geopolítica Rolando Dromundo califica a este nuevo acuerdo simplemente como «simbólico». «Yo creo que es por un lado, para mostrar que hay una disposición al diálogo por ambos lados, sin embargo sin ceder en las posiciones sobre los argumentos más fuertes en los que han chocado en la cuestión arancelaria».

El analista incide en que este acuerdo quizá pretenda mostrar de parte de la Administración Trump que también tiene su lado dialogante y conciliador previo a las elecciones presidenciales.

¿Manguerazo o cuenta gotas?

Paralelamente, este lunes se conoció que la Comisión Europea propuso un ‘botín’ de 81.400 millones de euros a repartirse entre 15 países con el objetivo de mantener el empleo y amortiguar el golpe socioeconómico que está provocando la crisis desatada por la pandemia del coronavirus.

El manguerazo busca «hacer todo lo posible por preservar el empleo y los medios de subsistencia», de acuerdo a la presidenta de la Comisión, la alemana Ursula von der Leyen. Pero, ¿es esta una solución definitiva y total para los estragos que está provocando la pandemia, de lo que aún no se avizora un final?

El Dr. Dromundo se muestra tajante al respecto: «es un paliativo que no resuelve a fondo, es una ayuda temporal que no debe quedar ahí», sentencia. 

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